miércoles, 2 de junio de 2010

La frase de moda.

Ya llevo un tiempo viendo la tele con asiduidad; concretamente, cada vez que lo hace mi anfitrión (es el inconveniente de vivir aferrado a una pestaña: o ves lo mismo que él o te pones de culos).
Hasta hace poco tenía la teoría de que para ser tertuliano en los debates bastaba con tener una opinión inamovible, más un cierto carácter gallináceo (no por lo cobarde, más bien en el sentido de “qué placer siento aleteando y cacareando delante de estas inocentes criaturas que no paran de decir sandeces). O eso, o tener una carrera musical de dudoso éxito y haber presentado algún que otro programa con tintes culturales, pero eso más bien es la excepción.
También se valoraba mucho un cierto grado de contagio de actitud, algo que es muy común en el mundo animal: ese comportamiento gregario que te lleva a imitar instintivamente a tu semejante, aunque no sepas muy bien lo que está pasando. Del mismo modo que una oveja se asusta cuando ve que otra está aterrada, el tertuliano se altera en cuanto uno de sus semejantes comienza a alzar la voz, de modo que en cuestión de pocos segundos están todos gritando para sí mismos, alzando las barbillas e incluso haciendo gestos teatrales.

Lo que me llama la atención es que las cosas están cambiando. Están volviendo los debates “serios”, las tertulias de gentes aparentemente civilizadas, sin los genes gallináceos u ovejiles tan solicitados antaño (aunque es probable que sean portadores recesivos de éstos).
Ahora lo que está de moda es ir bien vestido, permanecer inerte en el asiento y aparentar que escuchas atentamente a los demás. Y, sobretodo, hacer gala de esa frase tan pomposa y que tanta rabia da, esa frase a la que suelen recurrir señores de ropajes grisáceos y papada generosa: niego la mayor.
¿No da rabia? Yo cada vez que la oigo me agarro al pelo con tanta fuerza que cualquier día lo voy a crujir.
Niego la mayor. Niego la mayor. Es una frase con la que se dicen tantas cosas en un santiamén:
- Digas lo que digas, no es verdad (por supuesto).
- Que bien quedo cada vez que lo digo. Cómo se nota que he estudiado en un colegio del OPUS. Voy a recostarme sobre el respaldo y a levantar una ceja.
- ¿Qué será un silogismo? Me suena de algo, pero…

Por desgracia, las seis patas las necesito para asirme a la pestaña, de modo que no puedo taparme los oídos y dejar de oír. En estos casos, incluso hecho de menos los contagios ovejiles.