El otro día me estuve fijando en cómo las madres humanas llevan a sus crías al colegio, y me quedé con una sensación extraña. Definitivamente, hay algo que escapa a mi entendimiento en este asunto.
Por alguna razón que desconozco parece ser que se trata de una actividad que entraña cierto peligro, cosa que deduzco por el perpetuo rostro de preocupación de las madres y por el extraño modo en el que actúan. Para empezar, se hace necesario acudir al lugar con un vehículo de tracción a las cuatro ruedas, a ser posible de medidas estratosféricas. También parece un indispensable detener el vehículo justo frente a la puerta del colegio (quiero decir que no basta con estar detenido a un coche de distancia para dejar al niño, sino que hay que esperar a que la primera de la cola termine el desembarco para luego colocarse en la puerta e iniciar el propio). El proceso que sigue es el siguiente: la madre baja del tanque como imbuida por una extraña agitación que alguien podría confundir con la “prisa”. Se dirige a la puerta trasera para abrirle la puerta a la cría, quien no parece ni dispuesta ni capaz de abrir la puerta por sí sola, y comienza a desencadenarlo del asiento. Luego, la acompaña hasta el suelo (este punto tiene cierta lógica si tenemos en cuenta que, por sí sola, la cría necesitaría de una escalera para bajar de semejante vehículo). Una vez en el suelo, la madre escruta en las oscuras profundidades de la parte trasera del coche, por si el retoño se ha dejado algo de vital importancia, y comienza una especie de ritual inevitable que consiste en:
1- Ponerse de cuclillas para colocar convenientemente las asas de la cartera en los hombros del niño.
2- Mirar dentro de la cartera para asegurarse de que tendrá suficientes alimentos como para mantener su nivel de colesterol por las nubes.
3- Hablarle como si tuviera dos años menos y darle un mínimo de tres besos, que el niño suele recibir con resignación.
4- Cuando el niño empiece a irse, llamarle de nuevo para recordarle algo muy importante para ella, pero que para el niño no parece serlo en absoluto.
5- Permanecer inerte hasta que el niño desaparece de su campo visual, momento que suele coincidir con la entrada de éste en el edificio. Hasta ese instante, mantener un rictus facial como el de alguien que observara con impotencia el recorrido de un jarrón arrojado desde un tercero.
6- Tras un par de segundos de vacilación, dirigirse hacia la puerta del conductor, pero antes dirigir una fría mirada hacia la imponente cola que ha ocasionado su ritual (diario). En ese momento suele ocurrir que la progenitora aparente no ver nada, o bien que mantenga una actitud cuasi hostil, nacida de una especie de espíritu de competencia bastante difícil de definir.
Seguiré investigando dónde se ocultan éstos peligros que no logro adivinar. Aunque quizá tenga algo que ver con la lluvia, pues el mal tiempo acrecienta éste tipo de conductas y las exagera hasta lo ridículo. En cualquier casi, empiezo a plantearme que quizá no se vive tan mal colgado de una triste pestaña.