Es curioso cómo la gente es capaz de cambiar su comportamiento en circunstancias muy determinadas. Más aún cuando es algo que puede ocurrir en masa. Quiero decir, que muchas personas, distintas entre ellas, entran en un lugar en concreto y automáticamente se producen un cambio en la manera de comportarse de todas ellas. Uno de esos lugares es el llamado “bufet libre”.
A ver. Pongámonos en antecedentes. Cuando un humano siente la necesidad de alimentarse lejos de su hogar, sigue el siguiente procedimiento: acude a un lugar atestado de gente donde quizá tenga que esperar para que le acomoden, luego se sienta, medita durante inexorables minutos qué es lo que quiere comer (con el misma intensidad y desesperación de quien no tuviera la posibilidad de volver a comer en la vida), espera a que le sirvan, come un primer plato, espera de nuevo, come un segundo plato, espera de nuevo, come un postre, espera de nuevo y bebe un café. En resumidas cuentas, el energúmeno en cuestión ha ingerido siete veces más de lo que necesita su cuerpo (cosa que explica la existencia de espantosos ejemplares de seres humanos rodeados de grasa), ha pagado diez veces más de lo que se habría gastado de no haber salido y además ha invertido cinco veces más tiempo. Por cierto, es un ritual ilógico; la gente vive obsesionada con el ahorro del tiempo, el dinero y las calorías, pero van a comer a esos lugares en los que incumplen con ese ahorro y demuestran ser criaturas incoherentes en conflicto consigo mismos.
Pero bueno, me estoy desviando del tema. La cuestión es: ¿por qué en esos lugares llamados “bufet libre” la gente se vuelve literalmente loca?
Nada más entrar en esos sitios, los humanos parecen como imbuidos por una especie de prisa sin igual. Hay que coger un plato lo antes posible y lanzarse sobre la comida como si fuera a agotarse en segundos. Los unos se esquivan a los otros con presteza, incluso ignorando los codazos (que en otras circunstancias provocarían un instante de miradas y de disculpas, pero dentro de tan singular lugar la gente tan solo tiene ojos para las bandejas de comida). Habitualmente, se siguen tácticas de presión para acceder con la mayor rapidez a los alimentos. Uno se suele poner justo al lado de quien está en posesión de las pinzas casi sagradas con las que se llena el plato, y se acerca hasta el punto de empujarle para que deje de usarlas lo antes posible. A alguno la desesperación le lleva a meter el brazo por donde pueda y coger las cosas con los dedos. Si, si: con los dedos.
También hay una tendencia obsesiva por mirar lo lleno que está el plato de los demás y por criticar a su portador según el contenido. Se puede hacer una crítica por exceso, en cuyo caso se le tacha de mórbido obsesivo, o bien por defecto, en cuyo caso se le trata directamente de idiota: “¿para qué habrá venido éste a un bufet libre?”. Incluso cuando uno está sentado, comiendo lo más atropelladamente posible para volver a levantarse de inmediato a por más, no hace mas que mirar a uno y a otro lado para ver qué llevan los demás.
Luego tenemos a los típicos que sacrifican la variedad en pos de la apariencia. O sea. Los que buscan el producto más caro y se lo llevan casi entero. Lo plantan en mitad de la mesa, que se vea bien, y lo acompañan con absurdas hojas de lechuga. No se sabe muy bien si esto se debe al ansia de sacar el máximo rendimiento por el precio pagado o bien si se trata de una mera cuestión estética, del tipo “mira, yo solo ingiero lo mejor, no como vosotros que os lo metéis todo”.
Están los señores de escasa movilidad (de estos que a cada paso parecen querer demostrar con ciertos movimientos involuntarios que, efectivamente, el universo es curvo), que no hacen más que levantarse una y otra vez para llenar su plato de carne. Y de patatas fritas. Y de carne. Y de “cocretas”.
Tenemos a la señorita que gusta de compartir ensaladitas y que allí (y solo allí) comete la tropelía de comerse una entera ella sola. O la señora entrada en años para la que se inventó esa norma de no poder llevarse la comida a casa.
Tenemos también al típico señor mayor con gafas que ya ha terminado de comer y que se dedica a mirar con asombro y espanto cómo las gargantas de los demás engullen sin piedad, mientras piensa para sus atónitos adentros “donde me he metido”.
Y por último, los niños. Contrariamente a lo que cabría esperar, y quizá por una vaga sensación de que alguien tiene que poner un poco de raciocinio sobre tanto descontrol, los niños son los que se comportan de un modo más comedido y respetuoso.
En fin. Un montón de comportamientos dignos de merecer sesiones varias de atención psicológica o psiquiátrica, de no ser porque una vez se sale de allí, las personas aparentemente vuelven a ser lo que eran. Eso sí, con el estómago lleno y la sangre bien nutrida, lista para consumir.