La Formula-1 ha cambiado. Antes este deporte (o lo que sea) era más bien aburrido; dos se peleaban por el título y a media temporada ya sabías quien iba a ganar: el de siempre. Ahora es entretenido, pero fastidioso al mismo tiempo. No sé por qué razón, el título lo acaba ganando el niñato más malcriado e irresponsable.
Este año ha sido así, y por lo visto no es ninguna novedad. No hay más que mirar quien ha ganado los últimos mundiales para echarse las manos a la cabeza. De la lista solo se salvan Button y Raikkonen, que son lo más parecido a lo que debería ser un piloto serio y normal: conducir, ganar, sonreír, boquita cerrada, respeto a los compañeros, a los rivales y a la escudería que les pone combustible en el yate. El resto son una pandilla de indeseables.
A Hamilton deberían prohibirle salir de casa, ya no solo por el bien de sus compañeros de especialidad, sino por el bien de la humanidad misma. Vettel, el de este año, es el elemento más estúpido y arrogante de la parrilla: nadie le ha dado un Renault Twingo para competir después de haber jodido a su escudería y a su compañero por niñerías (y nadie le ha dicho que debería dejarse el casco puesto el mayor tiempo posible). Y hace unos años Alonso ganó dos mundiales. Un Alonso que en aquellos tiempos era bastante detestable y que ha tenido que ir ganando humildad y seriedad a base de palos.
Alguien debería decirle que vuelva a ser como antes, los pilotos simpáticos y dicharacheros ya no triunfan. Ahora hay que llorarle a tu patrón si no te pones por encima de tu compañero de equipo por méritos propios. Hay que echar las culpas a los demás cuando algo ha salido mal, a todos. Hay que buscarse una novia histérica y anoréxica para llevarla a todas las carreras a lucir sus uñas postizas y su cara de “sufro por mi chico porque me paga todos los caprichos”. Hay que saltar de alegría y abrazar a todo el mundo cuando ganas y hacer pucheros cuando gana tu compañero de equipo (repito: compañero). Hay que saltarse las leyes cuando conduces fuera de los circuitos. Hay que llevarse al padre a las carreras para que te de un caramelito si lo has hecho bien y para que te de un caramelito si lo has hecho mal. En definitiva, hay que ser todo un campeón.
Luego dicen de la Esteban, que da mal ejemplo y esas cosas.