viernes, 18 de marzo de 2011

Agitadores.


Hay ciertos momentos en los que una se siente orgullosa de la especie a la que pertenece. No por méritos propios, por cierto. Más bien por vergüenza ajena. Vergüenza y tristeza.

Acontecimientos recientes revelan un oscuro secreto que la humanidad guarda bajo llave, disfrazado con palabras falsas, desidia distraída y disimulos varios. El secreto de la oportunidad. Cualquier hecho que ocurra puede (debe de) ser aprovechado para el propio beneficio, sea éste material o moral. Un beneficio que está por encima de valores tan supuestamente elevados como el respeto, la libertad o la vida misma.
Bueno, no estoy haciendo un gran descubrimiento, solo que ahora se hace tan evidente que uno siente que la vergüenza ha sido arrinconada en la mente de las personas.

Sin duda estaréis al día de lo ocurrido en Japón. Una catástrofe terrible. Casi indefinible. Y sin embargo, ¿a qué se dedica el resto del mundo? ¿A ayudar? ¿A apoyar? ¿A dar consejos? ¿A dar ánimos? No. A crear alarma. A criticar. A dar el golpe de gracia. Primero, el terremoto. Luego, el maremoto. Después, los problemas con la central nuclear. Y por último, el resto del mundo.
Mientras ellos se esmeran con todas sus fuerzas para solucionar sus problemas, el resto se dedica a especular, a esgrimir palabras que sugieran muerte o destrucción y sobretodo a jugar a ver quien se acerca más al nivel de desastre adecuado para definir la situación (como si fuera "el precio justo”. ¿Os acordáis del concurso?).
Que los japoneses no hayan pedido ayuda no quiere decir que tengamos carta blanca para jugar con ellos desde nuestros pedestales. Creo yo, vamos.
A todo esto, los franceses parecen haber encontrado la oportunidad para reivindicar una especie de estúpido orgullo que está del todo fuera de lugar. Los rusos (que tantas razones tienen para permanecer callados en este tema) parecen haber encontrado una oportunidad para desquitarse de fantasmas del pasado, como diciéndole al resto del mundo: mirad, no somos los únicos. Algunos representantes europeos de alto nivel que han conseguido hacerse un nombre con declaraciones de muy dudoso gusto... la lista es interminable. ¿A dónde ha ido a parar la solidaridad?

Los estadounidenses han encontrado la oportunidad para crear histeria colectiva y vender fármacos contra la radioactividad. Pero no a los japoneses, que parece que son los únicos que han conservado la cordura. Sino a los propios estadounidenses. Que se encuentran a diez mil kilómetros. Diez mil.
Por último, los medios de comunicación han encontrado una oportunidad para crear alarma y asegurarse una buena cuota de audiencia durante días o semanas. Filtran y eligen cuidadosamente con el fin de crear un estado de ánimo cercano al terror y de generar debates que nadie ha reclamado. No están interesados en informar, desde luego. ¿Dónde está el sentido de la responsabilidad?

Cuando la gente haya tomado la decisión de no pisar la parte del globo comprendida entre Mongolia y Tejas, y cuando no se atrevan a comer pescado procedente del Pacífico (los reactores han sido enfriados con agua del mar), y cuando miren hacia el cielo en busca de una nube con una sospechosa tonalidad fluorescente... ¿quién va a decirles que todo era un montaje, que han estado... exagerando un poquito?
Da igual. Al fin y al cabo, no les importa. Una vez se sientan libres de la radiación, acabarán de fumarse los siete u ocho cigarrillos del día (cuyos efectos incomprensiblemente no les preocupan) y de paso harán ver que en Líbia no está pasando nada; no vaya a ser que suba más el precio de la gasolina.