El otro día volvió a pasar. Es algo que mi anfitrión ya no puede aguantar como antes; supongo que el paso del tiempo te va minando la capacidad de aguante y te consume la paciencia a partes iguales. Aunque muchas veces no me preocupa demasiado lo que le ocurra a éste sobre cuya pestaña me sustento, tengo que reconocer que a menudo entiendo sus cabreos.
El caso es que vino un señor a decirle que no quería pagar una factura. Los motivos iban fluctuando a medida que se desarrollaba la conversación; en un principio el motivo era el precio de la hora, luego la cantidad de horas y por último el valor del trabajo realizado. ¿Quién era este señor para valorar el trabajo? Incluso le puso precio él mismo. Te pagaré esto y ya está, decía frente a los incrédulos ojos de quienes le mirábamos. Si solamente has cambiado un ventilador, decía. Poco a poco, las personas allí presentes empezaron a sonreír, previo paso a repetir la misma retahíla de siempre ¿Si ya sabías lo que le pasaba, para qué me lo trajiste? ¿Si tan poco cuesta arreglarlo, porqué no lo arreglaste tú?
Se dice que lo importante no es quitar el tornillo, sino saber cual es el tornillo que hay que quitar. Pero la gente urde tramas dignas de guión cinematográfico con tal de que les averigües cual es ese tornillo y luego te dicen que para quitarlo ya lo habrían podido hacer ellos mismos.
Que curioso, verdad. Si un médico es capaz de diagnosticarte en un minuto y de curarte en cinco, entonces se trata de una eminencia, de un médico genial. Si un técnico repara tu ordenador en diez minutos, es un estafador.
Probablemente el caso del médico se explica porque no hay dinero de por medio. La gente solo es capaz de pagar (valorar) un trabajo cuando hay un esfuerzo físico evidente relacionado con el mismo. En otras circunstancias aparece el racaneo, la desvergüenza y la acusación injustificada de abuso o de estafa.
Por lo que veo, muchas veces no queda otro remedio que hacer el papelón para justificar un trabajo que ya está justificado. Hay que simular que el problema es más complicado de lo que parece, o que para quitar un tornillo hay que dejar la máquina en pelotas. En cuyo caso, se acusa al técnico de engañar a la gente.
He aquí el dilema. ¿Se ha de engañar a los clientes o se ha de sufrir por cobrar un trabajo bien hecho? ¿Hay que dejar que los clientes se sientan estafados, o hay que que estafarlos realmente (en cuyo caso no se sienten estafados)?
Como siempre, intento hacer extensibles los comportamientos humanos a las diversas circunstancias en las que se encuentran. Imaginemos que uno va a un restaurante y que luego no quiere pagar. El abanico de argumentaciones podría ser enorme. Del tipo: la berenjena rellena no estaba tan buena, me sale mejor en casa, o sea que te voy a pagar 2€ por ella. O bien: ya me pasaré a pagar si veo que la comida me ha sentado bien. Pero bueno, esto último ya es otro tema.