Este artículo llega tarde. Era una ofensiva en toda regla contra el invencible OT, un desesperado intento de hacer ver la aberración que supone ese inefable programa de televisión. Afortunadamente, parece que la humanidad va entrando en razón, pues por fin ha fracasado rotundamente.
No es de extrañar si tenemos en cuenta que el programa se basa en ciertas concepciones erróneas. Terriblemente erróneas. Os recuerdo que la cosa va de cantantes. Bien, pues ahí está el problema fundamental, que lo que se entiende por cantante no tiene mucho que ver con lo que el programa trata de vendernos.
Para empezar, un cantante no es un jovenzuelo de dientes alineados cuya cantidad de feromonas por centímetro cuadrado sobrepasa con mucho la media nacional. Y no es el único requisito. Para entrar en el programa, debías cumplir otros diversos parámetros:
Tener la certeza de que uno ha nacido para “esto” y haber dedicado tu pasado por entero a la consecución del sueño de ser cantante. O, en su defecto, decirlo hasta la saciedad.
Ser atractivo. A menos que el número de elementos atractivos esté copado; siempre se puede ser el elemento divergente.
Poseer el instinto ineludible de correr alocadamente por el plató, cual grácil gacela, cuando el jurado de turno confirme que se sigue en la academia.
Llorar irremediablemente todas y cada una de las veces que se entre en contacto con los padres (probablemente cuando se oigan los inevitables “sé tu mismo” o “sé como tu eres”).
Cantar de forma y manera que, sea cual sea la canción, se sucedan los gorgoritos sin sentido y las molestas florituras innecesarias. Como resultado final, un espectador atento (no adolescente) puede apreciar con claridad cómo el supuesto cantante no está pensando en lo que significa la canción y en lo que quiere transmitir, sino en “qué bien lo hago”, “ya verás ahora cuando que grito voy a pegar, se van a quedar todos muertos”.
Querer mucho a tus compañeros. Y a tus profesores. Y a el/la presentador/a. Y a los maquilladores. Y al público. Y a la gente que vota. A todo ser viviente, en general.
Sufrir diversos espasmos musculares mientras se canta una canción, causantes de apretones de mandíbula, de apretones de puños y de miradas que sugieren en todo momento que pretendes acostarse con el señor que maneja la cámara.
Bueno, la lista es muy larga, no quiero aburrir.
Luego, una vez salgan de la academia, sacarán un disco lleno de canciones clonadas, (versiones de verdaderos cantantes) o letras sobre féminas fatales que odian a los hombres por encima de todas las cosas, mientras (en los videoclips) se tocan y se dejan tocar por ellos en partes muy concretas de su cuerpo.
Yo pensaba que un cantante era otra cosa. Pensaba que se trataba de un artista, alguien que escribía para transmitir un sentimiento determinado, o una sensación propia, o simplemente explicar una historia. Pensaba que era alguien que componía, que era capaz de crear un estilo propio (en cuanto a contenidos, ritmos, melodías, etc), de elaborar discos con una personalidad definida.
Por lo visto, no es así. Un buen cantante simplemente es alguien que canta bien. Apliquemos este principio a otros supuestos artes. Pensemos en la danza. ¿Un buen bailarín es aquel que es capaz de transmitir con sus movimientos unas sensaciones determinadas o bien es aquel que es capaz de ejecutar una complicada maniobra con soltura? ¿Quién es el artista en el mundo de la arquitectura? ¿El que planea y diseña un edificio extraordinario o aquel que lo construye? ¿Estamos confundiendo artistas con ejecutores?
Quizá la culpa no sea por entero de Operación Triunfo. Ellos, al igual que las señoritas menores de edad, piensan que un señor que berrea las canciones de otros con mayor o menor gracia, es un cantante, un elemento digno de ser idolatrado. Como decía, quizá la culpa no sea de ellos. Y es que el mundo de la música ya era una estafa en sí mismo. Lo era cuando un cantante vendía una canción para ser cantada por otro. Lo era cuando un cantante no era más que un mercenario que compraba las canciones a otros.
¿Por qué no lo hicieron bien desde un principio? ¿No podría haber hecho una academia en la que cada concursante (de edad y atractivo variable) compitiera con los demás no solo cantando sino también componiendo, mezclando y definiendo un estilo propio?
En fin. Se acabó pasar las noches viendo a esos pobres chavales que se creen que son cantantes y que por extensión merecen pasar el resto de sus vidas viviendo en Miami. Posiblemente sea exactamente eso con lo que han estado soñando desde que eran críos, con que sacarían (comprarían) un disco cada cuatro años y pasarían el resto del tiempo montados en limusinas y jets privados.