No sabría decir si es masoquismo o si es mi ansia infinita de odiar y criticar a partes iguales. El caso es que sigo viendo esos informativos ridículos de los que os hablaba el otro día. Solo que ésta vez lo que me enfurece sin medida no son las formas, sino el contenido: ¡un fantástico reportaje sobre lo activas y estupendas que son las reclusas de nuestro país!
Allí estaban ellas, pintando alegremente durante uno de sus talleres. Manchándose la ropa (ji, ji, ja, ja), correteando de un lado para el otro (ji, ji, ja, ja), mientras la reportera, lejos de preguntarles a quién han matado, a quien han estafado o a quien le han arruinado la vida, les preguntaba qué tal les sienta esta fantástico y maravilloso taller. “Ay, si parece que no estemos reclusas”, decía una de ellas (ji, ji, ja, ja).
Como para no sentarles bien. Aunque, bien pensado, tienen tantas cosas por hacer, que sería posible que no encontraran adecuados este tipo de talleres. No en vano, en una cárcel uno no solo puede dormir en régimen de pensión completa, además dispones de:
- Gimnasio.
- Cursos de formación.
- Facilidad de acceso a estudios universitarios.
- Actividades varias, del tipo: teatro, radio, revistas...
- Facilidad de acceso al mercado laboral.
- Visitas semanales de tu cónyuge para mantener relaciones sexuales.
Y otras más, supongo. Tampoco quiero averiguar cuántas, en pos de mi salud mental (lo que queda de ella).
Por cierto. ¿Adivináis quién paga todo esto? Yo pensaba que se trataba de castigar a quienes rompen las leyes, no de darles unas vacaciones pagadas por las víctimas potenciales. En fin. Suerte tengo de que los seres adosados a los contribuyentes estamos exentos de hacer la declaración de la renta. De momento.
Vamos, que en mi próxima vida (como humana) me pido entrar en Gran Hermano, o en su defecto, ser ingresado en un centro penitenciario.